Detectives privados: realidad y ficción (parte 2)

En un artículo anterior abordamos la primera parte de este texto con algunos de los mitos sobre detectives privados que pueblan el imaginario colectivo, en muchas ocasiones alimentados por los filmes, series y novelas del género. Ya vimos que la mayoría de ellos no tenían nada que ver con la realidad, aunque algunos se acercaban más a esta de lo que pudiéramos pensar. En el presente artículo, veremos unos cuantos ejemplos más de esta rara asociación entre la realidad y la ficción de este sector, a cada cual más curioso.

Uno de los clásicos de las películas sobre detectives privados son la larga y variopinta serie de confidentes con los que estos cuentan. No obstante, de entre todos ellos, el que más despunta es sin duda el mendigo. Y, aunque en la realidad los profesionales del sector tienen sus “confidentes” o saben llegar a estos en una situación dada, el elenco de ficción dista mucho del de la realidad.

Un recurso muy socorrido por la ficción es la violencia que por lo general sobrevuela sobre el trabajo del detective privado, que se ve envuelto día sí y día también en trifulcas por algún motivo relacionado con su quehacer (y casi siempre acaba siendo víctima de algún ataque desprevenido en el ejercicio de sus funciones). Sin embargo, en la realidad, aunque es posible que el detective privado se haya visto implicado en algún suceso violento (por ejemplo si está investigando un caso en el que está enredado un traficante de drogas o alguien perteneciente a este mundo), ni la cantidad ni las características de esta violencia es comparable a la que surge de la mente de un director de cine o un novelista.

¿Y quién no ha visto una escena en alguna peli de un amor del pasado que se cruza en el camino del protagonista detectivesco? Pues bien, casualidades de la vida, hemos sabido de alguna historia real que confirma esta “fantasía”. Por ejemplo, el caso de un detective al que acudió una exnovia suya para que investigara a su actual pareja por una sospecha de infidelidad. Y suele ser muy común, aunque nos salimos un poco del tiesto, que personas de edad avanzada quieran localizar a su primer amor.

Por último, haremos referencia a un clásico entre los clásicos en el mundo de los detectives privados: el soborno. No hay novela negra que se precie si no cuenta entre sus páginas con un buen surtido de sobornos por parte del protagonista a un sinfín de personajes que, encontrándose acorralados por nuestro detective, lo intentan comprar, siempre preguntando antes por los honorarios y doblando la apuesta. Y en la realidad ocurre en muchas ocasiones, sobre todo si se trata de cuestiones de cierto calado, aunque siempre (y recalcamos esta palabra con ahínco) se rechazan. Como debe ser.

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